Claudia Marcucetti: El arte de escribir historias y devolver la alegría a los niños

Entre libros, encuentros sociales y causas altruistas, Claudia Marcucetti ha construido una vida marcada por la curiosidad, pero también por una convicción: quienes han tenido más oportunidades también pueden hacer algo por quienes viven realidades distintas.

“Dicen que los mexicanos nacen donde se les da la gana. Yo hice eso: nací en Italia, pero me enamoré de México”, comparte.

Aquí se convirtió en arquitecta y empresaria hasta que una crisis personal la llevó a buscar respuestas en la escritura. Vendió su empresa, dejó la arquitectura y decidió seguir un camino que ya suma más de dos décadas.

Así nació ‘Lotería! Historias de rifas diarias’, el primero de los libros que conforman una trayectoria de más de dos décadas y que hoy incluye títulos como ‘Heridas de agua’, novela histórica para la que investigó durante nueve años, y ‘Fuego que no muere’, que será publicada en Italia y cuenta con una opción para convertirse en una coproducción cinematográfica italo-mexicana y española.

Entre la disciplina y soledad que requiere escribir, Claudia también se mueve en una activa vida social. Ahí encuentra personajes, conversaciones e historias que alimentan su fascinación por la condición humana, pero también oportunidades para reunir voluntades alrededor de distintas causas.

“La gente cree que soy muy social, pero voy, me presento, sonrío y me voy. Para hacer muchas cosas a la vez necesitas disciplina”, afirma.

Buena parte de esas facetas convergen en Acapulco. Claudia comenzó a visitar el puerto a los 13 años y ahí encontró amistades, inspiración y un lugar al que ha regresado durante buena parte de su vida. Incluso fue durante uno de esos viajes, cuando pensaba pasar el fin de semana tomando el sol y terminó encerrada escribiendo, que surgió el cuento que dio origen a su primer libro.

Pero Acapulco también le mostró sus contrastes. Ella los describe como “el mundo del diamante y el mundo del unicel”: dos realidades que conviven a poca distancia y que la hicieron cuestionarse qué podía hacer desde su propia posición.

Hace más de dos décadas encontró una respuesta junto a Alejandra Alemán y un grupo de amigas en Niños en Alegría, fundación dedicada a mejorar las condiciones educativas de niños de Guerrero mediante la rehabilitación de escuelas y programas que abarcan desde la capacitación de maestros hasta el acompañamiento psicológico y actividades recreativas.

Fue precisamente durante una visita a una de las primeras escuelas remodeladas cuando Claudia comprendió la dimensión de aquel esfuerzo.

“Me acuerdo que estaban todos encima de mí y ese contacto casi físico me dio la tangibilidad de que sí estábamos haciendo algo real, algo que se podía tocar con las manos”, recuerda sobre los niños que la recibieron aquel día.

Desde entonces, cada necesidad atendida ha revelado otra por resolver. Para Claudia, eso también forma parte de entender que el altruismo no termina con una donación.

“Niños en Alegría es eso: llevar alegría a lugares donde no tan fácilmente se encuentra, porque hay situaciones de marginación y fragilidad. Una pequeña ayuda es un gran placer y un gran deber de la sociedad que está en una situación de mayor privilegio”, explica.

El vínculo se hizo todavía más evidente tras el huracán Otis, cuando la fundación se movilizó para apoyar a las escuelas y comunidades afectadas. Claudia, además, participó en Acapulco después de Otis, libro colectivo que dejó testimonio de lo ocurrido y destinó parte de sus recursos a equipar una biblioteca pública del puerto.

Quizá por eso, en su historia la literatura, la vida social y el altruismo terminan encontrándose. Una presentación, una reunión o una fiesta pueden acercarla a una nueva historia, pero también convertirse en espacios para convocar personas y sumar esfuerzos.

Su manera de entenderlo encuentra eco en una idea de Cándido, de Voltaire, que Claudia suele recordar, cultivar el propio jardín. Es decir, trabajar sobre aquello que cada uno tiene a su alcance y aportar desde ahí.

Entre libros, cultura, amistades y servicio, Claudia lleva años cultivando el suyo. Y si algo ha aprendido en el camino es que ayudar puede comenzar con un pequeño gesto, pero su efecto se extiende hacia ambos lados.

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