Entre letras y causas: Cómo Claudia Marcucetti transforma el futuro a través de Niños en Alegría

Entre libros, encuentros culturales y un inquebrantable compromiso social, Claudia Marcucetti ha encontrado distintas formas de observar el mundo y, sobre todo, de intervenir en él.

Entre libros, encuentros culturales y un inquebrantable compromiso social, Claudia Marcucetti ha encontrado distintas formas de observar el mundo y, sobre todo, de intervenir en él.

Nacida en Italia y mexicana por elección desde su adolescencia, construyó una exitosa carrera como arquitecta y empresaria antes de atender el llamado de la literatura. Sin embargo, su camino en las letras —que incluye obras como ‘¡Lotería!’, ‘Heridas de agua’ y la aclamada ‘Fuego que no muere’— camina de la mano con su faceta más profunda: la de devolverle la esperanza a la niñez mexicana.

La misión de transformar a Niños en Alegría

Para Claudia, la vocación de servicio no es un complemento, sino un eje central en su vida. Su conexión con la filantropía cobró fuerza hace 24 años, cuando se unió a Alejandra Alemán y a un grupo de amigas para impulsar la fundación Niños en Alegría. Lo que comenzó como una iniciativa ciudadana es hoy un proyecto consolidado que rehabilita infraestructura educativa y brinda herramientas socioemocionales, psicológicas y recreativas a miles de estudiantes en Guerrero.

El puerto de Acapulco, que ha sido su refugio creativo y el escenario donde escribió sus primeros relatos, fue también el lugar donde descubrió un profundo contraste social. La autora suele referirse a esta brecha como “el mundo del diamante y el mundo del unicel”.

“Cuando uno tiene un privilegio y ve esa realidad de vulnerabilidad, debe preguntarse: ‘¿Cómo puedo ayudar a que esto no sea así?’”, reflexiona Marcucetti.

La tangibilidad de la ayuda mutua

A lo largo de más de dos décadas de labor altruista, Claudia ha vivido momentos que reafirmaron el sentido de su compromiso con la niñez. Recuerda con especial emoción su primera visita a una escuela recién remodelada por la fundación, donde la energía de los estudiantes la rodeó de inmediato.

“Ese contacto casi físico me dio la tangibilidad de que sí estábamos haciendo algo real, algo que se podía tocar con las manos”, comparte la escritora. “Llevamos alegría a lugares donde no tan fácilmente se encuentra debido a la marginación. Brindar una pequeña ayuda es un gran placer, pero también un deber de la sociedad. Al final hay una ayuda mutua constante: nos hacemos bien nosotros al dar y ellos al recibir”.

Esa misma empatía se hizo presente tras el paso del huracán Otis, cuando colaboró activamente en el libro colectivo Acapulco después del Otis, destina sus ventas para equipar y comprar aires acondicionados para una biblioteca pública del puerto.

Disciplina, vida social y un propósito de sustancia

Aunque escribir exige largas horas de aislamiento y estudio, Marcucetti equilibra su faceta creativa con la vida social mexicana, a la que entiende no solo como un espacio de observación humana, sino como la plataforma ideal para convocar voluntades a favor de causas nobles.

“La gente cree que soy muy social, pero para hacer tantas cosas a la vez necesitas disciplina”, afirma. “Ayudar a los demás es un propósito de sustancia. Quien empieza a dar un poco, en lugar de esperar siempre recibir, termina recibiendo mucho más de lo que imaginaba”.

Inspirada en la premisa de Cándido, de Voltaire, sobre “cultivar el propio jardín”, Claudia Marcucetti trabaja diariamente en el suyo: un espacio donde la literatura, el arte, la filantropía y la calidez humana se entrelazan, demostrando que ninguna historia está completa si no sirve para transformar positivamente la vida de los demás.

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